Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Romanos 13:9 “Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Muchas veces tenemos sentimientos en nuestros corazones que sabemos que están mal para con Dios. Pero no los dejamos. Codiciamos algo, lo queremos, y sin importar que destruya o agravie a alguien, seguimos adelante.

Pero giremos 180º. Si esa codicia fuese de alguien contra algo tuyo, ¿no te sentirías mal? Entiendo que cualquiera de nosotros saldría a pelear lo suyo.

Entonces ahí aplica: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De manera inconsciente dejamos de amar cuando buscamos lo nuestro, nuestro provecho propio. El amor no busca lo suyo (1 Corintios 13).

Dios les bendiga!

¿Sabemos cuando estamos practicando el evangelio?

“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas.” 1 Juan 3:18-20

Existe una realidad que es indiscutible: Dios nos ha dado conciencia. Esta nos dice qué estamos haciendo mal y qué estamos haciendo bien. Cuando conocemos por la Palabra de Dios que debemos hacer más que hablar, entonces nuestra conciencia actúa como un medidor de nuestras acciones.

Muchas veces callamos ese medidor cuando nos dice que estamos haciendo lo malo. Por eso, el apóstol escribe que “si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas”. Esta verdad nos dice a voces, que no podemos ocultar lo que en nuestro interior sabemos que está mal. Si nuestro corazón lo sabe, entonces, Dios lo sabe.

No hay excusas para con Dios (Romanos 1:20, 2:1); si sabemos que no estamos obrando como Dios nos lo revela por su Palabra, es momento de empezar a obrar para que abunde en nosotros los frutos espirituales.